A SOLAS CON DIOS
En medio de una guerra, en la que el corazón del hombre se encuentra con lo peor de sí mismo y la incertidumbre se convierte en el peor compañero de camino y los pocos pasos que puedes dar están marcados por el miedo, traigo a la memoria los lamentos bíblicos por la destrucción que el ser humano pondera como obra de sus manos y sólo puedo invocar a la razón de la sin razón.
El sacerdote y poeta chileno Marcelo Rivas Sánchez escribía en un famoso himno litúrgico: "Los cangilones del sueño van hurtando el agua viva en la noria de las horas, de las noches y los días". Siempre hemos percibido el paso del tiempo como una realidad que se nos escapa y las edades del hombre se transforman en peldaños no siempre sencillos de escalar.
El predicador Cohélet lo expresaba en el Eclesiastés: "Una generación va, otra generación viene; pero la tierra para siempre permanece" (Ecl 1,4); y atinando más, continuaba: "Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo" (Ecl 3,1).
El tiempo se mantiene inexorable y los sociólogos nos han distribuido en generaciones según el contexto y las circunstancias que se han vivido: la generación X, la generación Millennial, la generación Z, etc...
Yo quiero apuntarme a una nueva generación, en palabras del canadiense Carl Honoré, la Generación slow; aquella que ha vivido y ha aprendido que todos los humanos caminamos hacia una misma meta y que lo que fue eso es lo que será.
Nada hay más importante que poder decir: "Confieso que he vivido". Y sintiéndome identificado con Pablo Neruda, el compendio de la vida transcurre como los cangilones de la noria que dando vueltas traen el agua para que genere vida y hasta la lleve a donde no hay. Haber vivido sería sinónimo de tener experiencia, caminar con seguridad, vivir la realidad sin grandes planes y no perder el tiempo invirtiendo en un futuro que se desvanece pues ni el pasado fue mejor ni el presente más llevadero.
¿Puede uno andar sobre las brasas sin que se le quemen los pies? (Prov 6,27-28). Los que somos de la generación slow, hemos aprendido a relativizar las cosas y hemos ganado en comprensión y compasión; nos cansamos de tantos buenos días recibidos en el whatsapp con imágenes absurdas de paisajes absurdos, flores absurdas y campanitas o cielos con frases que no aportan nada sino idiotizar al que lo lee.
A veces, el amanecer parece un concurso: ¿Quién escribe la frase más absurda?, cuando el regalo de la vida se percibe como un tesoro aún por descubrir y la realidad de cada día como la tarea más hermosa en nuestras manos.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño (1Cor 13,11).
En la actualidad, lo anterior escrito es como vela que se mete debajo del celemín (Mt 5,15) porque la cultura moderna y los grandes cambios traídos por la nueva antropología arrasan con la generación slow: los mayores no son un punto de referencia, la generación X ha terminado; el tiempo no es sabiduría sino eficacia y "dolce far niente". Como si de un nuevo fascio se tratase, el culto a la juventud y a la imagen se ha impuesto de tal manera que los valores que sostenían un sistema de pensamiento incluso una experiencia de vida, ya no están en uso.
Con las palabras de nuestro Cohélet: "Veo a todos los vivientes que caminan bajo el sol, ponerse junto al mozo" (Ecl 4,15). Para la sociedad de nuestro tiempo, la juventud es sinónimo de frescura, rapidez y sede del conocimiento; para vender algo, debes mostrar a jóvenes y si el target es el grupo X, los personajes deben aparecer y vestir como jóvenes, con la energía de los jóvenes y la belleza de la juventud.
¿Tendrá razón Rubén Darío al afirmar: Juventud, divino tesoro, iya te vas para no volver!? La falacia sobre la que está basado el culto a la juventud hace que gran parte de nuestra sociedad moderna oculte el paso de los años; si eres mayor, has terminado. Pon todo tu empeño en disimular el paso del tiempo: quítate las arrugas, hazte un lifting facial, vístete como un quinceañero, muéstrate con toda la vitalidad posible, usa el lenguaje juvenil y, si puedes, verás como la juventud será eterna.
No agotes tu tiempo, aunque lo malgastes; no importa si eres feliz o no, importa que parezcas y seas joven. Mejor estar "in" sin saber lo que eres que estar "out" teniendo el control de tu vida: serás una de las teselas del gran mosaico cultural del siglo XXI.
Estoy seguro que esta afirmación ni se le pasará por la cabeza a un parado mayor de 50 que busca un nuevo trabajo y no lo va a encontrar, o a los que han padecido las "obligadas" jubilaciones voluntarias.
Hay una certeza amarga: la generación slow está finiquitada; un mayor no puede atraer a nadie, es como un tema tabú.
Las condiciones del triunfo social residen en la belleza y la juventud, lo demás no importa pues: "Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones" (Ecl 7,29).
No nos hemos dado cuenta, creo, que este momento cultural es una trampa pues al querer hacernos jóvenes, nos someten a la mentalidad adolescente, a la constante preocupación por el qué dirán, a una obsesión por ser como todos, al culto a la imagen y a una añoranza de los años pasados en la inconsciencia propia de la juventud: unos buenos consumidores y ciudadanos que asienten con todo en pro de la modernidad.
Si tuviera que pensar y ser como las generaciones de jóvenes que vienen detrás de mí, caminaría al más absoluto vacío pues Dios nos libre de la generación Z, que son los que llevarán las riendas del futuro y no entro en los poderosos lobbies...
Quien quiera hacernos creer que, a partir de los 45 años, se ha entrado en la decadencia, se equivoca pues ni la inconsistencia, ni la inmadurez, ni la inmanencia son pilares para construir sobre roca. Conozco a mucha gente que camina en soledad porque ya no cuenta, están pero no son, se sienten confinados a las tinieblas, como a los muertos ya olvidados (Sal 115). Conozco mucha gente en soledad que, por imposición cultural, son relegados y no dejan ninguna huella, casi obligados a no tener pensamiento propio si quieren sobrevivir en la jungla de los días y a vivir en la inevitable desilusión por la condición humana. Somos como hierba y nuestro esplendor es como flor de hierba; se seca para recoger leña y cae la flor (1Pe 1,24). Más vale caminar en soledad que pactar con la frivolidad y el pensamiento débil o la falsa imagen que, para andar con máscaras, sobrados estamos de tiempo; ya lo escribió el gran Lope de Vega: "A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para estar conmigo, me bastan vida mis pensamientos".
Bebe el agua de tu fuente, la que brota de tu propio pozo (Prov 5,15). Las palabras escritas más arriba no quieren terminar en una visión negativa del momento, aunque sea duro y despiadado; el profeta Isaías ya lo preconizó: ¡Ay, de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad (Is 5, 20); jhe de buscar lo bueno de lo malo.
El momento actual es una llamada a todos para saber sembrar y esperar la cosecha; para recoger la leña y poder encender nuestro propio fuego cuando llegue el frío.
Hay una invitación desafiante a la persona para que madure y sea capaz de comprender los signos de los tiempos y asimilar sus logros y fracasos, así como la soledad que impone el corazón para los que quieran beber el agua de su propio pozo.
En mi peregrinar por la vida me encuentro con mucha gente de mi generación slow que ha hecho de su mediocridad su estado vital, convencidos de que es la mejor manera de existir; gentes incapaces de vivir momentos de silencio por un angustioso miedo al vacío; gente que ha crecido pero que sigue pensando y actuando como los que nos ponen como modelo: vivir según el "me apetece", no ver más allá del espacio de la propia tienda; voluntad débil, pensamiento débil; incapaz de mantener una conversación más allá del deporte, el trabajo, el dinero, el sexo o los vecinos.
Indudablemente, no aportan nada y despiertan esa capacidad que sólo dan los años de ser selectivos y trazar una frontera para que no se pueda pasar de una parte a otra.
Otra frase de Lope de Vega, el grande del Siglo de Oro español, que compendia la reflexión: "Ahora que sé que estoy a punto de morir, voy a decirlo de una vez: Dante me pone enfermo".
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